La respuesta parece estar, en buena medida, en cómo se practica. La actividad física regular puede contribuir a reducir la frecuencia y la intensidad de los ataques, pero un esfuerzo excesivo o un aumento brusco de la intensidad puede desencadenarlas en algunas personas. Por eso, más que hacer ejercicio sin medida, la evidencia apunta a encontrar una rutina adecuada y sostenible.
Un metaanálisis publicado este año en la revista Headache analizó 15 estudios con 253 personas con migraña y observó que el ejercicio aeróbico se asociaba con una reducción tanto de la intensidad del dolor como de la frecuencia de las crisis. Sin embargo, los autores consideran que la certeza de esta evidencia es todavía muy baja debido al reducido número de participantes y a las diferencias entre los estudios. Los resultados son prometedores, aunque se necesitan investigaciones más amplias para determinar con mayor precisión cuál es la cantidad y el tipo de ejercicio más adecuados.
El análisis aporta algunas pistas sobre la dosis de actividad física. Los beneficios aumentaron hasta alcanzar aproximadamente los 900-950 minutos acumulados durante los programas estudiados, sin observarse una mejora adicional al superar este volumen. En la práctica, los programas con resultados positivos incluían sesiones de unos 30 minutos varias veces por semana durante varias semanas. La intensidad se situó aproximadamente entre el 50 % y el 70 % del consumo máximo de oxígeno, que equivale de forma aproximada al 63 %-77 % de la frecuencia cardiaca máxima. Sin pulsómetro, puede identificarse como un nivel de esfuerzo que permite mantener una conversación, aunque dificulta cantar.
Estos resultados también ayudan a entender por qué la relación entre ejercicio y migraña puede ser compleja. Mientras una actividad moderada y regular puede resultar beneficiosa, un esfuerzo intenso puede actuar como desencadenante en algunas personas. Durante el ejercicio se producen cambios en el organismo, entre ellos un aumento de sustancias como el CGRP, relacionada con los mecanismos de la migraña y que constituye una de las dianas de algunos tratamientos. Aun así, la evidencia sobre el ejercicio como desencadenante es más limitada y no permite afirmar que ocurra de la misma manera en todas las personas.
Por ello, incorporar actividad física a la rutina no significa comenzar directamente con entrenamientos exigentes. Quienes no realizan ejercicio habitualmente pueden empezar con periodos cortos y aumentar progresivamente el tiempo y la intensidad. Mantener una práctica regular puede ser más útil que concentrar mucha actividad en los días en los que la persona se encuentra mejor y dejar de hacer ejercicio cuando aparecen molestias.
Además, la actividad física puede integrarse con otros hábitos que favorecen una mayor regularidad: mantener horarios de sueño estables, no saltarse las comidas, cuidar la hidratación y exponerse a la luz natural por la mañana. La investigación se ha centrado principalmente en el ejercicio aeróbico, aunque algunos trabajos recientes también apuntan a posibles beneficios del entrenamiento de fuerza. En este caso, la evidencia es todavía escasa y no permite extraer conclusiones definitivas.
El ejercicio puede ser, por tanto, una herramienta complementaria en el manejo de la migraña, pero no sustituye al tratamiento indicado por los profesionales sanitarios. La actividad física debe adaptarse a las características y circunstancias de cada persona. Incorporarla de forma progresiva, moderada y regular puede ayudar a convertir el movimiento en un hábito sostenible y en un apoyo más dentro del abordaje de la migraña.
FUENTE: Nuria Garatachea (2026, 24 septiembre). La paradoja de la migraña y el ejercicio: puede prevenir las crisis, pero también provocarlas. El País. https://elpais.com/salud-y-bienestar/enformate/2026-09-24/la-paradoja-de-la-migrana-y-el-ejercicio-puede-prevenir-las-crisis-pero-tambien-provocarlas.html
